domingo, 9 de enero de 2011

El amor es ciego, y la locura, siempre lo acompaña.

Vuelvo a sentarme en frente de la vieja televisión, con la mirada perdida en la tarima. No puedo explicar lo que siento.
Cada vez que lo veo mis ojos tienen que reprimir las lágrimas, lágrimas de felicidad y enamoramiento. Mi boca esboza una ancha sonrisa, hasta el punto de hacerme daño en la mandíbula. El corazón palpita fuertemente dentro de mi pecho, a punto del infarto. ¿Cuándo dejará de pasarme eso?
Creo que nunca. Mi vida ha sufrido un gran cambio con él. Parece que ahora soy más feliz, he encaminado mi vida hasta un equilibrio perfecto. Sigo equivocándome en muchas cosas, pero cuando antes me enfadaba conmigo misma por hacerlo mal, ahora me río.
Una parte de mi mente, además del subconsciente, nunca para de pensar en él porque, obviamente, él es el centro de mi existencia, la razón por la que vivo y existo.
Pienso en un futuro próximo y me imagino con él, pienso en un futuro lejano, muy lejano, y me imaginó con él, pienso en el presente, y estoy con él… Pero no es obsesión, es amor.
No puedo explicar con palabras qué es esta enfermedad, sólo las causas: sonrisas, miradas, sentimientos, alegrías, lágrimas, perdones, soledad, felicidad…
Y es que no puedo vivir sin esa persona. Porque me encanta verle sonreír, porque necesito que sea feliz, porque me alegro cuando él se alegra, porque sus miradas siempre me ruborizan, porque cuando apenas me roza siento un escalofrío, porque cuando me besa soy la persona más feliz del mundo.
Vuelvo a sentarme en frente de la vieja televisión, con la mirada perdida en la tarima. Sigo sin poder explicar lo que siento.

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