lunes, 10 de enero de 2011

Un día, algo cambia en tí.

Hay un momento, en el que un niño empieza a dejar de ser un niño. No es un momento como para celebrarlo, porque en general la infancia tiene sus ventajas. Te llevan y te traen, te visten y te desvisten, procuran darte algún que otro capricho y todos se empeñan en creer que eres un ángel, aunque te guste arrancarles las alas a las hormigas voladoras y recoger cacas de perro del suelo para luego echarlas a los buzones. Un día, algo cambia en tí. Los mayores lo notan y de pronto dejan de tratarte como hasta entonces: se niegan a reirte las gracias y les da por mostrarte, de cualquier manera, que el que la hace la paga. Toda una verdadera faena. Y piensas, con lo divertidos que era que ellos se encargaran de los platos rotos...
Pero después de ese todavía hay otro momento. Me refiero al momento en el que te toca hacerte realmente mayor. Eso sí que es una catástrofe. A partir de entonces, el problema no es ya que no te rían las gracias, que desde luego no lo hacen, sino que además vienen y te exigen, por todos lados: la gente que te cae bien y también la que te cae como una patada en la barriga. Y por mucho que te reviente, no siempre puedes decir que no. Aunque lo peor, en el fondo, no es eso. Lo peor de hacerte mayor, y vaya si cuesta aceptarlo, es que en adelante ya no sólo pagas porlo que haces. A veces tienes que pagar sin haber hecho nada. Yo, en cambio, no me acuerdo muy bien del momento en el que yo misma dejé de ser una niña...

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